martes, 8 de septiembre de 2009

Y ahora, los míos

Por Julia Lou

A la gente que escribió sus cartas y depositó su confianza en mí encomendándome la grata tarea de acercarle a Ángel el afecto en las palabras de su gente.


Fue un aluvión inesperado de cartas, mensajes, mails que todavía me siguen llegando y que engrosarán el pilón de cartas impresas que Cappa recibió como regalo de cumpleaños. Distanciándome un poco de la emoción de ver a un montón de almas sacudirse la modorra expresiva en la que nos hacen vivir a la fuerza e intentando hacer una reflexión más abarcativa, creo que a nivel social se trata de un hecho, cuanto menos, infrecuente. Que un director técnico (ahora me viene a la memoria Galeano y me corrijo, entrenador -como se autodenomina el mismo Cappa) logre semejante adhesión a pesar de las adversidades y los contratiempos habla a las claras de algo más. Ese algo más implica que la gente no es boluda (o sea: de boludos está lleno pero hay gente que no come vidrio) y que puede hacer prevalecer valores esenciales por sobre el marketing y el circo del fútbol. Palabras como ilusión, dignidad, palabra, sueños, alegría, juego, compromiso, que hace tiempo que no formaban parte del campo semántico futbolero se pusieron rápidamente en boca de los hinchas que sentían una natural empatía olvidada por tantos años de juego sucio, cuchillo entre dientes, como sea, pinchar la pelota y pum para arriba. Si bien es cierto que estas palabras no eliminan otras, nefastas y ya enquistadas de manera lamentable en el glosario de este juego , como robo, mercenario, cagón, taka taka, al menos las exorcizan e iluminan y promueven una reflexión profunda que ojalá derive en darnos cuenta de por qué estamos como estamos.


Va, de yapa, un relato que viene al caso:
"El director técnico" de Eduardo Galeano



Antes existía el entrenador, y nadie le prestaba mayor atención. El entrenador murió, calladito la boca, cuando el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesitó una tecnocracia del orden. Entonces nació el director técnico, con la misión de evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento de los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados atletas.
El entrenador decía:
Vamos a jugar.
El técnico dice:
Vamos a trabajar.
Ahora se habla en números.
El viaje desde la osadía hacia el miedo, historia del fútbol en el siglo veinte, es un tránsito desde el 2-3-5 hacia el 5-4-1, pasando por el 4-3-3 y el 4-4-2.
Cualquier profano es capaz de traducir eso, con un poco de ayuda, pero después, no hay quien pueda. A partir de allí, el director técnico desarrolla fórmulas misteriosas como la sagrada concepción de Jesús, y con ellas elabora esquemas tácticos más indescifrables que la Santísima Trinidad.
Del viejo pizarrón a las pantallas electrónicas; ahora las jugadas magistrales se dibujan en una computadora y se enseñan en video. Esas perfecciones rara vez se ven, después, en los partidos que la televisión transmite.
Más bien la televisión se complace exhibiendo la crispación en el rostro del técnico, y lo muestra mordiéndose los puños o gritando orientaciones que darían vuelta al partido si alguien pudiera entenderlas.
Los periodistas lo acribillan en la conferencia de prensa, cuando el encuentro termina. El técnico jamás cuenta el secreto de sus victorias, aunque formula admirables explicaciones de sus derrotas:
Las instrucciones eran claras, pero no fueron escuchadas, dice, cuando el equipo pierde por goleada ante un cuadrito de morondanga. O ratifica la confianza en sí mismo, hablando en tercera persona más o menos así:
«Los reveses sufridos no empañan la conquista de una claridad conceptual que el técnico ha caracterizado como una síntesis de muchos sacrificios necesarios para llegar a la eficacia».
La maquinaria del espectáculo tritura todo, todo dura poco, y el director técnico es tan desechable como cualquier otro producto de la sociedad de consumo.
Hoy el público le grita:
¡No te mueras nunca!
Y el domingo que viene lo invita a morirse.
Él cree que el fútbol es una ciencia y la cancha un laboratorio, pero los dirigentes y la hinchada no sólo le exigen la genialidad de Einstein y la sutileza de Freud, sino también la capacidad milagrera de la Virgen de Lourdes y el aguante de Gandhi.

(Extraído de “El fútbol a sol y sombra”, Siglo Veintiuno Editores, México, 1995)

3 comentarios:

el salmon dijo...

Excelente iniciativa, lastima que me entere tarde! muy bueno el blog!!!

Fabian Dirassar dijo...

Gracias Juli, Litto Nebbia decía "Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiera oir que oiga" Un abrazo quemero.

Julia Lou dijo...

Es así, no más, Fabián, pero al menos, aunque no vaya a ser la oficial, desde los márgenes podemos agregar notas de otro color.
Y a vos, Salmón, nunca es tarde, yo sé que vos también sos cappista de la piel para adentro y tus palabras acá serán bienvenidas sin fecha ni horario.